EL CELO DE LA URRACA. Sobre violencia de género, sociedad de la mentira y medios de información.

asas9:23 h. Un gato atropellado en la cuneta poco discretamente, a un metro escaso del arcén cubierto de amapolas. El cuerpo fehacientemente aplastado por la rueda de un vehículo pesado, un coche, quizás, o una furgoneta, ha cedido generosamente partes de sí mismo al medio que le rodea. Hay rastros de sangre, carne y otras materias sin identificar esparcidos por el asfalto. Su prodigalidad se extiende a otros seres vivos; en el caso que analizamos, a una urraca que picotea con cierta avidez y jugándose el pescuezo las partes que suponemos más blandas (siempre hay alguien que aprovecha con ágiles maniobras la ruina ajena).

El félido, de piel atigrada y amarillenta, está muertísimo, y nada nos hace suponer que quede rastro alguno de eso que llamamos, muy vagamente, “vida”. No obstante, y para no ser tachados de materialistas, dejamos abierta la hipótesis (no demostrada ni demostrable) de que el animal pudiera aún ser consciente de su propio cesar.

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